Generalmente escribo el texto y después le pongo el título. Ahora, sin embargo, ha sucedido al revés. Primero he decidido el título y después me he puesto a escribir el texto. Mis intenciones son evidentes.
Hace más de veinte años empecé a escribir mi primera novela. Su principal defecto (además de lo mal que estaba escrita) era que no tenía final. El narrador hablaba y hablaba sin solución de continuidad y la historia daba vueltas y vueltas (enredándose más y más en su propia verborrea) sin ahondar en nada, sin encaminarse a nada, sin atisbar siquiera el objetivo final. Esa primera novela mía (igual que otras muchas que vinieron después) se murió de agotamiento. Reventó como revientan los caballos.
No quiero que a este blog le pase lo mismo. Es hora, pues, de terminar.
Además, el trabajo ya está hecho.
Reconozco que al principio me confundió eso de empezar a hablar de Praga y de repente pasar a hablar de Madrid y de la inmensa tristeza que a veces me ahoga el corazón.
Pero jamás se me pasó por la cabeza cambiar ni una sola coma. La literatura más que otra cosa es magia pura y no me cabía duda de que cada pequeño texto formaba parte de un conjuro mayor.
Hoy por fin lo he entendido. Hace media hora que lo comprendí. No se debe decir nada más cuando ya está todo dicho.
Me fui de Madrid en busca de algo. En mis delirios de escritor imberbe pensaba o quería pensar que estaba buscando la libertad, la inspiración, la experiencia, a mí mismo. Ahora me acuerdo de eso y me río. No. No buscaba nada. Tan sólo tenía una cita. En Praga.
Y la fuerza del azar, la inconmensurable fuerza de que sea lo que tiene que ser, nos enseñó a todos que las citas, igual que las profecías, tienen que cumplirse.
El camino que unía Madrid y Praga no iba por el cielo, sino por debajo de la tierra, por debajo de todo aquello que todavía tuviera algo más abajo de sí mismo. Fue un camino de fango y de dolor, de honda soledad y de gusanos ciegos, de raíces que se enredan en los tobillos y de llorar mudamente, en seco y con la boca abierta.
Pero al final de todo esperaba la lluvia. El agua inaugural de lo que germina y florece. El alimento esencial de los que estamos condenados a esto de vivir.
Adiós a todos.
Regreso a la sombra para reconocer mejor la luz, tu luz.
Ya no hay miedo. Me quedo contigo.
A todo lo demás, adiós.

3 comentarios:
Adios...
Bienvenido.
Te echaré de menos... Quizás algún día nos encontremos por los callejones de Praga.
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