Radiografía del indigno
Desde hace unos meses, por culpa del revuelo que están formando los indignados, nos hemos olvidado de los indignos.
Los indignos también salen a la calle en masa. Los indignos también toman plazas, Ayuntamientos, colegios y Embajadas. Los indignos también se manifiestan. Los indignos, como bordillos incómodos, también están ahí para que nos tropecemos con ellos.
Lo que pasa es que, de verlos todos los días, de oírlos todos los días, de todos los días sufrirlos, nos hemos acostumbrado a ellos y a veces sucede que ni los reconocemos.
Los indignos, para ubicarse en el mundo, necesitan un jefe. La realidad cotidiana se vuelve insoportable si no ejercen el delicadísimo arte de la sumisión. ¿Qué sería de este valle de lágrimas sin un culito que lamer, sin una memez que reír, sin una sandez que adular, sin aplaudir lo que digan que hay que aplaudir?
Los indignos extienden alfombras rojas y se hacen con la batuta delante del coro de bienvenida.
Los indignos saben, antes que nadie, cuándo deben ponerse el traje y cuántos grados debe tener exactamente el ángulo de su reverencia y a cuántos centímetros debería descender la figura solemne de su genuflexión.
A los indignos -pobrecitos- no les gusta la verdad. Cuando oyen alguna verdad, los pobrecitos indignos se ponen pachuchos y, a veces, se les descompone la tripita.
Los indignos no dicen nada por escrito. No quieren que quede constancia de que un día -Dios mío- expresaron su opinión.
Los indignos acostumbran a esconder su nombre y a pasearse por tu espalda. Aguardan la orden del amo -basta un silbido- para consumar la traición.
El indigno, todas las mañanas, se desayuna con envidia. Le unta mantequilla, le echa mermelada, la moja en café con leche y se la traga sin masticar. No consigue, sin embargo, ni quitarle ni el sabor ni eliminarle el aroma. Al indigno siempre le apesta el aliento.
El indigno solamente puede ser amo o esclavo. De la misma manera que cede su oreja como recipiente para las micciones de su jefe, también le gusta agredir al que es más débil que él y, si puede, injuriar y vilipendiar -siempre por la espalda- al que es más válido.
El otro día, mientras esperaba a que abrieran las puertas de la sala del cine, hablaba con un catedrático de Psicología de la Universidad Carolina de Praga y me decía que era muy importante no confundir al indigno con el perdedor.
Me decía que la principal característica del perdedor es, precisamente, la dignidad. Me hacía ver que el perdedor es aquella persona que jugó, que arriesgó, que perdió y que asumió su derrota. El perdedor siempre mira a los ojos. El perdedor tiene el inmenso atractivo del superviviente. El perdedor merece todo nuestro respeto.
Suele pasar que el indigno se hace pasar por perdedor, pero solamente lo hace para ver si folla.
Entramos en el cine, nos sentamos en nuestras butacas y todavía, antes de empezar la película, el catedrático de Psicología de la Universidad Carolina de Praga me dijo que no podemos dejar al margen la problemática del Juicio Final.
Me explicó que uno de los grandes errores que comete el indigno, es pensar que el Juicio Final se produce después de la muerte. Piensa que bastará con seguir haciendo la pelota en el más allá para conseguir un huequecito en el paraíso.
Pero no. Parece ser que el Juicio Final no es en muerte, sino en vida, y que nadie nos juzga a nosotros, sino que nosotros nos juzgamos a nosotros mismos.
Un día el indigno se mira en el espejo y, mientras se mira, tiene un momento de lucidez y se da cuenta de quién es. Entonces, en el mejor de los casos, el indigno rompe el espejo, coge un cristal y se raja las muñecas.
Sus últimos minutos de vida, intentando vanamente redimirse, los pasa observando cómo, roja, densa, olorosa, se le escapa de su cuerpo toda la indignidad.

1 comentarios:
Me ha gustado mucho este texto, gracias (el anterior no, pero este si, pero como no soy un intelectual y segun un comentarista deberia tener la cabeza metida en un no se donde...) no tengas en cuenta mi opinion.
Muchos indignos hay en esta vida incluso yo puedo ser uno, eso lo sabre cuando me mire al espejo. Pero cuidado, al intentar no ser indigno o autoafirmarse como no indigno, intentando destacar entre las masas, uno puede convertirse en un amo, algo peor...
Estoy seguro de que tu no eres un indigno, tu tambien lo sabes, asi que no te cortes las venas hombre. Ya sabes los parasitos inmundos que hay por ahi (los amos que tu dices).
Un abrazo de quien no conoces ni te conoce a ti. Y recuerda que el dia que consigas el exito y la fama correras el gran peligro de convertirte en un amo, no lo hagas.
Manuel
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