He escrito muchos textos acerca de ti, aunque siempre sin saberlo.
Dibujé, en las servilletas de las cafeterías, tu rostro invisible, inencontrado aún. Trataba de darte forma, de crearte solamente para mí.
Me preguntaba, doliéndome el estómago como me duele ahora, cómo serías, a qué sabrías, cómo te reconocería cuando te viera.
A veces, en la oscuridad de cualquier noche, dejaba que la música me hablara de ti aunque la música, de ti, no supiera absolutamente nada.
Y subí a la montaña más alta a gritar tu nombre y tu nombre, de vuelta, el eco me lo tiró a la cara.
Comprendí que no hay ningún camino recto que lleve a tu corazón. A ti se llega desde el laberinto y desde la encrucijada, desde la calle cortada y desde la carretera que se termina de repente en mitad de la montaña.
Después, poco a poco, fui vislumbrando tu aspecto. A veces, incluso, me daba cuenta de que te había tenido, pero que, cuando te tenía, no sabía que te estaba teniendo. ¿De qué me sirvió, entonces, tenerte?
Llegué a preguntarme si realmente tenía derecho a desearte. Te veía pasar por delante de mis ojos y veía cómo te entregabas a los demás, cómo a mí nunca te entregabas.
Soñaba, presa de la fiebre, que a lo mejor tú pensabas en mí en secreto, igual que yo, en secreto, moría por tenerte entre mis manos, por cerrar el puño, por no soltarte jamás.
Sí, te veía con otros. Te veía yéndote con cualquiera. Dejándote follar por quien no te merecía. En esos momentos me sacaba el corazón y me sentaba encima de él, hasta asfixiarlo.
El otro día, delante de una pizza, mi amigo, el poeta Ramón Machón, sentaba cátedra sobre las incursiones de la muerte en la vida y sobre las incursiones de la vida en la muerte, es decir, sobre los distintos rostros de la sabiduría, uno de ellos, por supuesto, la felicidad.
Pero él lo tiene más fácil: es un poeta y conoce la muerte (la vida) de morir (de vivir) en cada verso.
Para mí es más complicado: tan sólo soy un narrador. Mi tiempo se mueve en línea recta y la felicidad mía de cada día, si no me la dan hoy, desengáñate, David, tampoco te la darán mañana.
El tiempo del poeta (del verdadero poeta) es una espiral. En él no existe el concepto siempre y no existe el concepto nunca. Siempre/nunca el poeta (el verdadero poeta) acaba acorralando al mundo y ensartándolo con la palabra.
Yo leí el verso, el enfermo de cáncer no pierde nunca el sentido del tumor, y supe que, a partir de ese momento, el mundo era diferente. Supe que debíamos derribar lo construido, que debíamos cambiarnos de nombre, que debíamos empezar de cero.
Los poetas (los verdaderos poetas) nos enseñan que, a lo mejor, el camino hacia la felicidad es precisamente ese: no perder nunca el sentido del tumor.

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