Hay días como hoy en los que, de repente, el cielo se nubla y los amigos vuelven.
Hay noches, como la de ayer, en las que los enemigos te observan y cunde el dolor.
Ahora, mientras remuevo el café con el bolígrafo con el que escribo esto, poco a poco me voy dando cuenta de que no hay mejor antídoto contra los pinchazos del corazón, que observar la realidad a través de una cámara de vídeo.
Grabaría, para pasarlo una y otra vez, para tenerlo toda la vida delante de mis ojos, un espacio vacío.
Porque hoy necesito el vacío.
Sería un espacio vacío y pequeño, en el que cabría una sola persona, agachada, de cuclillas o tumbada.
Pero mejor que no haya nadie, que solamente sea un espacio vacío, un espacio lleno, abarrotado de eso, de vacío.
No quiero colores. La memoria, a veces, asigna un color determinado a un determinado recuerdo, un color determinado a un determinado dolor. No. Mi cámara grabará siempre en blanco y negro, los tonos del olvido, la vieja estética de la amnesia.
En mi espacio vacío solamente habrá vacío, un vacío invariable y eterno, un vacío en el que siempre se podrá confiar.
Podré dormirme delante o dentro del vacío, quiero decir, podré dormirme días, semanas, meses, años enteros delante o dentro del vacío, que después, cuando abra los ojos, el vacío será siempre el mismo vacío, no habrá vacío pasado, ni vacío presente, ni vacío futuro, no deberé recomponer el vacío que no vi y que nadie me cuenta, no habrá más vacío que ese vacío en el que no hay absolutamente nada, sólo vacío.
Mi vacío tendrá formas geométricas. Necesito una imagen dura y matemática. Se trata de huir de lo curvado, de lo sinuoso, de lo aproximado, quiero decir, se trata de huir de todo aquello que me incita a imaginar, a soñar, a escribir.
Cuando amanece y el dolor asoma por la línea del horizonte, cuando me meto en la ducha y me desprendo el antiguo dolor con el dolor reciente, cuando doy vueltas y vueltas a mi taza de dolor con leche y azúcar (mucha azúcar), cuando el cajero automático me escupe dolor a las manos y chilla para que me lo lleve, cuando todo eso ocurre (y otras muchas cosas más, todas ellas hijas abortivas del dolor), solamente me queda refugiarme en el vacío, donde no hay nada, nada, nada, ni siquiera eso, dolor.

6 comentarios:
Por mas que leo tu post ultimo del blog lo unico que puedo decir es que escribes sobre una misma cosa con muchas palabras, innecesarias, mucho relleno le metes a tus textos. Rellenas el vacio con vacio, eso quieres decir en este ultimo post?
Adornas demasiado. Esta opinion es de un lector poco culto y muy burro asi que no me hagas caso. :)
Ojalá muchos de nosotros pudiéramos hablar de los sentimientos con tanta lucidez, aunque éstos vengan de las sombras. Las palabras y la misma creación llenan de luz los rincones más ocultos. ¡Adelante!
El vacío seduce... pero nunca renunciaría aquellas sinusoidas.. aunque aparecen en formas de signos de interrogacion que se meten en las yagas más dolorosas... no se pueden cambiar por formas geométricas, porque lo fijo da asco y encarcela todo lo inmortal..
Vacío.
La clave está en esas maquinitas que sirven para guardar los alimentos al vacío.
Hay gente que debería meter su propia cabeza, o la polla, o sólo la lengua, en una bolsa de plástico, después enchufar la maquinita, eso sí, se recomienda antes entonar un buen rebuzno, por si uno se queda mudo, impotente o descerebrado.
Espero haberme expresado con claridad, sin adornos innecesarios, etc...
Bueno, sr., he decidido retirar lo escrito anteriormente y presentarle formalmente mis disculpas. Solo indicarle lo altamente ofensivo e incluso intimidatorio de su escrito, lo cual me llevo a escribir este ultimo texto. Pero he decidido que sin conocerle no puedo juzgarle, ya que no le conozco de nada.
Tenga usted un dia maravilloso
Manuel B
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