Un día abriré los ojos en la oscuridad y los mantendré así, abiertos, hasta que la oscuridad, poco a poco, se vaya diluyendo.
Lo importante no será despertar. Lo importante será despertar con todos los monstruos de mis pesadillas. Que los monstruos de mis pesadillas no vuelvan a mis pesadillas. Que por una vez -y ojalá para siempre-, más allá de la cobarde oscuridad, permanezcan, aterrándome, en la dolorosa luz de la vigilia.
Miraré a las cuatro esquinas de mi habitación y allí estarán los monstruos, haciendo lo que acostumbran, es decir, matándome de miedo.
Esta vez, sin embargo, les diré, buenos días, y ellos, oyéndome la voz (hasta ahora solamente me habían oído gritos), sabrán que no estoy diciendo, buenos días, sabrán que estoy diciendo: viviremos juntos a partir de ahora y sí, chillaré de terror, pero mirándoos a los ojos, hatajo de hijos de puta.
Entonces comenzaré la nueva era en la que dejaré de engañarme a mí mismo. Saldré por la puerta de mi casa y, por primera vez en mi vida, podré decirme a mí mismo que no, que las calles no son calles, sino las grietas horribles de un paisaje baldío, y que los edificios que veo todos los días, repito, todos los días, esos bultos monstruosos, son tumores que le salen a la epidermis de la ciudad, cánceres letales que, cada mañana, hacen metástasis en mi corazón.
Y podré decirme que esto en lo que vivo, que esta ciudad en la que vivo, no se llama Praga, o que eso a lo que llamamos Praga, no es ninguna ciudad, que es, en realidad, un laberinto, más concretamente, un laberinto de espejos y de niebla, un sueño dentro de otro sueño, David con un pie atrapado en un raíl del tiempo muerto. Y que por aquí paseo yo, por obra y gracia de la semiesperanza, convertido en semiminotauro.
Os hablaré a todos vosotros, monstruos infames. Os miraré a la cara y os diré, os tengo miedo, y entonces sabréis que más miedo del que me causáis, ya no me podréis causar.
Niños ahorcados de las farolas; arañas, grandes como perros, que caminan por el techo de mi habitación; las fauces del cáncer hozando en las tripas de un hombre que me mira a los ojos y me dice, no quiero morir, David, no quiero morir; la depresión, esa vieja decrépita, llevándome de la mano hacia la ventana abierta; tranvías desde cuyos cristales me observan, aunque no tienen ojos, sino llagas sangrantes, los miembros de mi familia; y el peor monstruo de todos, ese tal David Llorente, esa bestia inmunda con la que libro una batalla a muerte que, curiosamente, siempre acaba en tablas.
Podréis petrificar mi corazón, malditos hijos del averno; podréis sacar de mi cuerpo hasta la última gota de sudor; podréis tumbarme de dolor encima un montón de mierda; podréis hacerme gritar hasta que mi voz sea mero silencio articulado; que, si os miro a los ojos, todo eso será lo único que me podáis hacer.
Nunca llegaréis hasta la esperanza, engendros de mis pesadillas. Nunca hasta el primer aliento de la vida, apestosa basura de Dios.

1 comentarios:
"el monstruo me puso un beso en la boca
se inició así el camino certero hacia lo insondable
se iniciciaron así el paraíso y el infierno
los labios sonríen
y la garganta habla de trozos de cielo y abismo"
¿Conoces a la princesa inca?
Tanit
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