No sé por qué me siento tan hueco. ¿Oís? El viento negro de esta noche negra retumba, negro, dentro de mí. Soy su caja de resonancia. Grita el silencio -o el viento, qué más da-, y el eco de mí mismo lo multiplica infinitamente.
Os pondré un ejemplo:
Una noche, después de una presentación, metí en una maleta todos los libros que no había vendido y tiré de la maleta por las calles de Praga, solitarias, sarcásticas, frías, friísimas a las puertas, entonces, del verano.
Tiré de mi maleta sobre adoquines imposibles. Tiré de mi maleta sobre charcos negros, dulcificados de primavera y de luna. Tiré de mi maleta por escaleras de escalones para gigantes. Tiré de mi maleta sobre la arena de los parques, por la cebra de los pasos de cebra, por la intemperie estremecida de la media noche, de la misma media noche, en ese momento en el que el tiempo da un traspié.
Tiré de mi maleta hasta mi casa. Recuerdo, como si fuera hoy, que me senté en el sofá y me quedé mirando la pared de enfrente, blanca y pacífica, como los mares de la amnesia.
Entonces entendí que había estado equivocado. Yo no tiraba de mi maleta y lo que había en la maleta no eran libros, no eran mis libros.
Yo tiraba de ti, yo tiraba fuertemente de ti, yo habría tirado de ti hasta desmembrarme. Tú, que estabas en todos mis libros. Tú, que eras lo primero que guardaba en mis maletas.
Hoy, después del estreno de la obra de teatro, después de los aplausos, cuando todo el mundo se va a cenar, da igual dónde, he vuelto a tirar de ti.
Te he vuelto a arrastrar por calles, arrastrar debajo de puentes, arrastrar por metros, arrastrar por pasajes subterráneos, mancharte de Praga, llenarte de la mierda de Praga, iluminarte con las farolas de Praga, ya sabéis, esas farolas que irradian sombra.
Y ahora te tengo aquí, en esta cafetería nocturna, mirando cómo escribo. A veces termino una frase, levanto los ojos del papel y te observo. Entonces te dedico una sonrisa -te la firmo, si quieres- y sigo escribiendo.
En realidad, ¿para qué odiarte? A estas alturas, ¿para qué desprenderme de ti, o que tú te desprendas de mí, lo cual no vas a hacer -ahora lo sé-, el tiempo me lo dijo.
Y, ¿sabes?, cuando cierre el cuaderno y deje de escribir, es decir, cuando me levante de la mesa y salga de la cafetería, ya no tiraré de ti, ya no te arrastraré, ya no serás una carga tan pesada: tan sólo caminarás a mi lado, despacio o deprisa, dependiendo de mi paso.
Te llevaré a mi casa. Te meteré en mi cama. Esta vez no lloraré. Esta vez ya he aprendido. Giraré la cabeza hacia ti, mi compañera de siempre, y te diré:
Buenas noches, tristeza.

2 comentarios:
orificio... así que escribir es echar mierda... creo que todo lo que se convierte en adiccion pierde su magia.. que gran verdad la de Blas.. somos mierda... mierda que expulsa mas mierda.. las personas no saben vivir sin estar sujetas hacia algo... no se la verdad, si es eso libertad... libertad de estar dependiente de ella.. al final la aprisionamos... ademas, nunca nos hemos preguntado si en realidad el papel quiere que le contemos nuestras cosas... alomejor no le da la puta gana de oír lo que le estamos contando... la gente tan poco le da la importamcia a las cosas, sin embargo nos rodean por todos lados, estamos rodeados más de cosas que de personas..
Hagamos música ¡cojones!
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