Epidemología

Desde que se declaró la peste, ya nadie reconoce esta ciudad.
Hay que cerrar las puertas de esta Praga bubónica.

jueves 24 de febrero de 2011

La vieja guardia

Quien venía a Praga, venía huyendo de algo.
Praga era el refugio propicio para quienes queríamos escondernos de nosotros mismos.
De noche, por los callejones, a la mortecina luz de los faroles, nos acompañaba solamente nuestra sombra y ya nos parecía que había demasiada gente.
La bruma de enero nos envolvía y nosotros, si hubiéramos podido elegir, nos habríamos convertido también en bruma, en eso blanco, en eso vaporoso, en eso frío que flotaba en el entramado de callejas por donde deambulaba Josef K., nuestro único maestro.
Todos nosotros veníamos huyendo de algo, de algo que, si nos hubiera alcanzado, nos habría terminado de matar.
Porque a Praga todos veníamos medio muertos y aquí, a golpe de primavera, a golpe de Holan, a golpe de inundación, a golpe de veinte bajo cero, nos íbamos mediorresucitando.
De lo que teníamos miedo, en realidad, era del vacío, de los poros de nuestro cuerpo por donde nos entraba el vacío.
En Praga no hay vacío, no hay abismo: en Praga nos enseñaron que cualquier día, al despertar, nos daremos cuenta de que nos hemos convertido en un asqueroso insecto.
La vieja guardia, a veces, recuerda.
A todos nos ha pasado lo mismo: vinimos huyendo de algo, pasó el tiempo y no queremos dejar de huir.
A veces la gente nos pregunta:
¿Y tú, te vas a quedar en Praga?,
y respondemos:
Yo ya me he quedado.
Pero es mentira: ni me quedo ni me he quedado: me estoy quedando.
Cada amanecer, cada hora, cada palabra, me estoy quedando en Praga.
Es la mejor manera de, estando en la segunda ciudad más hermosa del mundo, no estar en ningún sitio.
Es eso: existir, pero existir huyendo y desapareciendo, como aquella bruma que nos envolvía.

1 comentarios:

Ramón Machón dijo...

Otros se están yendo de Praga desde que llegaron. A estos se les suele preguntar que porqué se quedan si tanto les hace sufrir esta ciudad y sus gentes. Y la respuesta más frecuente, pero que nunca se pronuncia, al menos en español, es esta: No me voy porque estoy ido.