La felicidad, a veces, es así de simple.
El camino hacia la simplicidad, sin embargo, es tortuoso, frustrante y desorientador.
Un cubo y un espejo.
El dolor de esta herida con pus de estar vivo se alivia con un cubo y un espejo.
No hablo de un cubo de los de fregar el suelo, sino de los otros, de los que usan los actores, los directores, los escenógrafos, durante la representación.
No es nada más -ni nada menos- que Teatro -permitidme que lo escriba con mayúscula.
Yo tengo uno de esos cubos en mi casa de Praga, y cuando las cosas vienen mal dadas, me subo encima de él y soy feliz.
Soy el hijoputa más feliz de este mundo.
Encima de ese cubo -fijaos bien en lo que os digo- soy capaz de olvidarme de mí mismo y entonces soy capaz también de amar.
Supongo que es la magia del teatro.
Aunque hay algo todavía más mágico.
El espejo.
Encima del cubo, entregándome a la regeneradora actividad de ser feliz durante un momento, miro hacia el espejo y entonces me veo a mí mismo encima del cubo, entregándome a la regeneradora actividad de ser feliz durante un momento.
Soy, al mismo tiempo, público y actor.
Y el mundo, es decir, todo lo que ni es cubo ni es espejo, desaparece.
La felicidad, para mí, es el olvido.
Una magia, digamos, teatral.
Un cubo y un espejo.
Nada más.

2 comentarios:
No me das opción, habré de hacerme con un cubo y un espejo, suena tan real...Te beso.
te echamos de menos.
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