Epidemología

Desde que se declaró la peste, ya nadie reconoce esta ciudad.
Hay que cerrar las puertas de esta Praga bubónica.

miércoles 8 de septiembre de 2010

David versus Madrid

Madrid y yo no nos llevamos bien.
No he escrito una sola línea en su favor y no creo que lo haga jamás.
Madrid no me ha dado nada. Todo lo que tengo se lo tuve que robar.
Madrid quería llegar hasta el cielo y empezó a levantar unos muros muy altos, quizá demasiado altos. Muy pronto se convirtió en un laberinto cinematográfico, en un campo de concentración, en un eterno anochecer que no te dejaba ver más allá, que no te dejaba ver el horizonte. Porque había un horizonte que no veíamos. Porque había mucha tierra que no se llamaba Madrid.
Yo salté esos muros y me fui. Yo encontré la salida de ese laberinto y no dejé de correr hasta que me caí, exhausto. Jamás miré hacia atrás.
Madrid nunca me lo perdonó.
Madrid no es una amante celosa. Madrid es un animal implacable y un verdugo inclemente. Madrid tiene memoria. Es rencoroso y no olvida jamás.
Seré sincero.
Madrid me apasiona. Me deslumbra. Es la fascinación del mal y la hipnosis de la bestia que te mira a los ojos y te arrebata la voluntad.
Pero he mentido. Madrid sí me dio algunas cosas.
Madrid me dio una vida. Me dio un oscuro barrio de sangre y de heroína. Me abrió los ojos a la enfermedad, a la locura y al sexo. Me hizo madurar a base de insomnio, de literatura, de odio y de amigos muertos. Y me cautivó.
Pero cometió un error: no me dio la libertad.
Así que me escapé de él. Y el hijo de puta no me lo perdona.
Poco a poco, los escapados de Madrid nos vamos encontrando en estas otras tierras que no se llaman Madrid.
Y cuando volvemos, el cabrón nos tienta, nos seduce con sus promesas incumplibles, para que nos quedemos.
Conmigo no puede. Madrid quiere llegar al cielo y eso me parece una empresa demasiado ambiciosa. Praga no aspira a tanto. Su paraíso es terrenal.
Hoy, jueves, nueve de septiembre de dos mil diez, a las tres y veinte de la madrugada, Madrid tiene algo que yo necesito. Sé que hará todo lo posible para no dármelo. Estoy a tres mil quilómetros. Demasiado lejos para luchar. Demasiado lejos para ir allí y arrancárselo de las manos. Así pues, no puedo hacer nada. Tan sólo esperar. Y en el peor de los casos, masticar, tragar y rumiar la venganza.

2 comentarios:

Balooart dijo...

Me extendía demasiado,lo he dejado en otro sitio más recogido.

Anónimo dijo...

David, vuelve a Praga, no lo pienses más. El otro día te ví en Españoles en el Mundo: para mi eres el escritor que me ayudó a soportar el primer invierno en la capital checa. Y sigue escribiendo, por favor.

Una seguidora checo-ibicenca