Una cerveza, por favor, para que el adolescente sepa, en el día de sus primeras pellas, que en los bares se vende algo todavía más barato que el agua.
Y dos cervezas más, o tres, o cinco, o siete cervezas más, camarero, porque beber más que el resto de mis amigos es detentar el poder, es obtener la admiración, tan importante a esta edad mía, en que todo me hace tanto daño.
Y ahora una cerveza más, camarero, una más de lo que mi cuerpo puede ya soportar, de lo que ningún hígado puede filtrar sin empezar a romperse, ¿no ves que las chicas me están mirando?
Ahora una grande, camarero, la jarra más grande de la que haya bebido nunca nadie y la que más grados tenga, la más fuerte. Quiero salir de esta herna con el valor suficiente para mirarla a los ojos y decírselo. Después, si todo sale bien, me emborracharé de alegría, y si ella no me quiere, beberé hasta perder la memoria, hasta que mi cerebro sea un charco amarillo, espumoso y ligeramente burbujeante.
Un barril para vosotros, queridos amigos. Estamos más viejos, más calvos, más gordos, pero hay cosas que no han cambiado. Salud.
Esta noche, que nuestras mujeres no nos esperen despiertas. En mi mano hay una rubia que no se separará de mí hasta bien entrada la madrugada.
Camarero, una cerveza para mí y, qué coño, otra para mi hijo, que ya es un hombre.
"Papá."
"Qué."
"A mí esto no me gusta. Está agrio."
"Venga, hijo, bebe y no me seas maricón."
Cerveza para celebrar la victoria del Sparta y otra cerveza mientras empezamos a cenar. Y después de cenar, mientras la mujer me espera en la cama, otro par de tragos, para relajarme, joder, para que no me pase lo que el otro día.
Después del trabajo mis propios zapatos me llevan a la hospoda. Allí los camareros no paran de ponerme cervezas según me voy acabando las que me van poniendo.
Cuando me levanto de la silla, todo me da vueltas y sonrío. El mundo también da vueltas y nadie le llama borracho.
Salgo a la calle y mis zapatos me conducen a la herna. Nada más entrar, la camarera me pone mi cerveza en la barra, justo en mi rincón preferido.
Llego a mi casa muy tarde. Una noche más se me ha olvidado mirar el reloj. Mi mujer ya no me abre la puerta. Dice que soy un borracho y que apesto. La pobre no sabe que la culpa no es mía, sino de mis zapatos, que me llevan adonde quieren. ¿Qué culpa tengo yo de que mis zapatos estén solteros y sean unos alcohólicos?
Creo que una noche más me va a tocar dormir en el rellano. Menos mal que mi vecino de enfrente se apiada de mí y me saca un par de latas de cerveza, para ir pasando la noche.
