Epidemología

Desde que se declaró la peste, ya nadie reconoce esta ciudad.
Hay que cerrar las puertas de esta Praga bubónica.

lunes, 23 de septiembre de 2013

Ramón ha muerto

Esta puta voz que no se rompe. Este maldito corazón que no me revienta en el pecho.
No quiero homenajes de mierda. Necesito cerrar los ojos y morderme los dedos.
Necesito que alguien, por favor, deje abiertas, para siempre, las puertas del invierno.
Ramón ha muerto.
Ya está. Lo he escrito. Ahora, cuando quiera hablar con él, tendré que mirar al suelo.
Volarán, sobre las agujas de Praga, cuatrocientos millones de cuervos.
Y el río atravesará la ciudad con su largo cauce vestido de negro.
Se van apagando las farolas. Se van extinguiendo las estrellas. Queda tan sólo la luz de los ojos de los ciegos.
Muerte, muerta muerta muerta seas. Nosotros chillando aquí arriba. Ramón callando en su agujero.
Callando.
No. No estoy temblando de frío. Estoy temblando de miedo.
Estoy escribiendo este grito y tengo a Ramón a mi lado, leyendo.
Pero Ramón no está aquí. Tampoco en los homenajes de los que no lo conocieron.
Ramón, sencillamente, está muerto.
Y yo le busco en las sombras. Más allá de la pena. En el sótano luminoso de sus versos.
Y le digo: Ramón, espéranos. Es sólo cuestión de tiempo.

lunes, 29 de julio de 2013

El que resiste, vence

Decía Camilo José Cela (nuestro último premio Nobel de Literatura) que el que resiste, vence. La cita (la máxima) no era suya, pero él la repetía (una y otra vez) para advertirnos de su verdad y de su vigencia.
De lo que ya no nos advertía (quizás para que no nos viniéramos abajo) era de que el que resiste, resiste en soledad, y cuando vence, también vence en soledad, en absoluta soledad.
El que decide ganar, esto es, el que decide resistir hasta la llegada (incontestable) de la victoria, se atrinchera en el centro mismo del mismo desierto y allí tendrá que aprender a soportar el calor abrasivo del día y el frío helador de las noches. Los cambios de temperatura romperán las piedras, pero jamás conseguirán (al que resiste) agrietarle lo más mínimo el corazón, fortalecido (ya digo) en la gimnasia diaria de la soledad.
Al hombre que resiste (solo, en la sima más honda del desierto) solamente lo protegerán dos muros: la verdad y la palabra mantenida en el tiempo. El enemigo (avezado en el arte de la zancadilla y del apuñalamiento dorsal, pero bisoño en la disciplina de la paciencia y de la constancia) pensará que son dos muros muy endebles, fáciles de derribar. Después se dará cuenta (tarde, cuando ya apenas le quede munición) de que, después de tanto disparar, ni siquiera los ha descascarillado.
Los que resistimos en mitad del desierto fuimos atacados con la mentira y con la traición, con la delación y con el miedo, con la frustración y con la envidia (ese agente químico que le pudre el corazón al que dispara) y por supuesto vencimos. Por supuesto vencimos porque no se nos puede matar con un armamento de juguete.
Digo todo esto porque no sé si os habéis dado cuenta, pero hoy Praga está más ligera. Hoy Praga pesa menos. Hoy Praga podría desprenderse del suelo y echar a volar por encima de los tejados.
Hoy se van, hoy se están yendo, hoy están ya a punto de desaparecer, el enemigo del talento, el enemigo del esfuerzo y el enemigo del pensamiento propio. Todos ellos (ésta es su peculiaridad más conspicua) reunidos en la misma persona.
(Pierden mucho, pierden algo que jamás podrán recuperar, aquellos que conocieron su rabia destructiva (hija, por supuesto, del monstruoso apareamiento entre la impericia y la ignorancia) y aun así le rieron la gracia, chocaron su copita y se comieron con él un canapé).
Hoy es el día en el que los roedores vuelven a las ratoneras funcionariales de los ministerios españoles. Vuelven a sus ordenadores y a sus teléfonos fijos, a sus trienios, a sus moscosos, a sus de nueve a cinco y a sus agostos en Benidorm. A veces se encerrarán en el baño, se sentarán en la taza del váter y recordarán que un día (y durante casi cinco años) les llamaban señor, inauguraban festivales de teatro y obligaban a los colegios a que el coro les diera la bienvenida.
No saben (todavía no saben) que el tiempo pasa y que un día se mirarán al espejo y se darán cuenta de la desgarradora verdad que gobierna sus días:
Nadie los quiere.

jueves, 25 de abril de 2013

El hombre que solamente se llamaba Juan

Aquel niño, a pesar de que solamente se llamaba Juan, quería cerrar una biblioteca.
No da dinero, explicaba.
Aquel niño, a pesar de que solamente se llamaba Juan, apuntaba muy alto.
A veces se metía en las conversaciones de los adultos y decía, misterioso y luterquiniano:
He tenido un sueño.
Y les hablaba del maravilloso país de las bibliotecas cerradas y de unos parques otoñales donde las hojas de los libros se pudrían al sol.
Pasó sus años de instituto con los brazos cruzados y la mirada puesta en algún sitio más allá de la ventana. Dejó que el hastío de los profesores y la desidia de los claustros le fueran haciendo pasar de curso.
Su profesor de literatura invitaba de cuando en cuando a un escritor y entonces el adolescente que solamente se llamaba Juan podía ver de cerca al enemigo: esos súbditos del pensamiento, esas ratas husmeadoras de ideas, esos garrapateadores de la crónica universal de la cultura.
Entonces tuvo otro sueño: un mundo sin ayer: una higiénica sociedad que borre el camino según lo va caminando: un fundido en blanco sin solución de continuidad.
El hombre que solamente se llamaba Juan no fue a la universidad.
Ir a la universidad no da dinero, nos explicaba.
Así que se dio de alta como autónomo y se puso a trabajar por cuenta propia. Se inventó el puesto de descoordinador académico y desorganizador de eventos culturales.
Se ofrecía para cancelar obras de teatro la tarde antes de su estreno, para atiborrar de corticoides a las bailarinas, para meter máquinas tragaperras en las salas de exposiciones, para poblar las librerías de insectos xilófagos y para pincharles la papada a las sopranos.
Tuvo otro sueño: una pinacoteca en la que todos los cuadros estuviesen dados la vuelta.
A veces me encuentro por Praga con el hombre que solamente se llamaba Juan. Ya no es lo que era. De hecho, me sorprende que se pare a hablar conmigo: sin duda se ha olvidado de que yo también me dedico a esto de escribir.
Me dice que en Praga todavía quedan muchas ancianas que se mueren sin descendencia y que dejan en el aire, para quienes las quieran atrapar al vuelo, las grandes bibliotecas de sus maridos. El hombre que solamente se llamaba Juan se adelanta a los anticuarios y compra todas aquellas cantidades de libros. Los mete en un sótano. El día de las brujas los lleva al bosque, les prende fuego y arrima el palito con la salchicha.
Esto de la inteligencia -nos explica, mientras se mete un palillo entre los dientes- no sirve ni para follar ni para guardar la línea.

martes, 12 de marzo de 2013

La Casa Blů

Dicen que van a cerrar la Casa Blů.
Dicen que van a cerrar la Casa Blů como si la Casa Blů fuera un bar.
Si a la Casa Blu le pusieran mil cadenas en la puerta y tiraran la llave al río, en realidad, no pasaría nada.
Pero no van a cerrar la Casa Blů. La van a hacer desaparecer. La van a arrancar de raíz y le van a echar cal viva en sus muñones para que ya no quede ningún rastro de ella, para que, con el paso del tiempo, nadie sepa que ahí, un día, estuvo la Casa Blů.
Praga 1 (tan checa) no sabe que es Praga 1 porque aún conserva algunos cimientos sobre los que se sostiene la historia, como la Casa Blů.
Praga 1 no sabe que, sin la Casa Blů, sería Praga 0.
Con el exterminio de la Casa Blů se consumaría la vuelta al mundo de esa metástasis de banalidad y de antihistoria que también se está inmiscuyendo en el tuétano de Praga.
Con el exterminio de la Casa Blů, el cáncer nos habría llegado a la médula.
Mirad.
Es posible que sea el momento de firmar peticiones. Puede que sea el momento de cerrar la agenda y sentarse a escribir estas líneas. Puede que sea el momento de abrir páginas de facebook, de imprimir camisetas y de hacer cadenas humanas.
Puede.
Pero lo que es seguro es que es el momento de que las instituciones den un paso adelante. Es el momento de los desangelados despachos del Cervantes y de los laberínticos pasillos de la Embajada. Quiero decir que es el puto momento de que los representantes de la cultura española en la República Checa demuestren para qué están aquí. Es, además, la hora de que la radio en español nos haga saber para qué sirve realmente: para darles voz a los que necesitan que se les oiga.
España no puede ser tan pobre y tan patética de pensar que la cultura es un escritor, una conferencia, un premio Cervantes, un concierto de oboe o un festival de teatro. España debe ser lo suficientemente lúcida para saber que la cultura de muchos países acostumbra a sobrevivir gracias a un espacio al que llaman bar.
Para muchos españoles, la Casa Blů fue la primera cerilla en la oscuridad del exilio. Todos (y digo todos), algún día, fuimos a la Casa Blů en busca de algo que habíamos dejado atrás, a miles de kilómetros de distancia, y que, en ese momento, echábamos de menos y habríamos matado por recuperar.
Si al final se cierra la Casa Blů, si al final ganan los malos, los representantes oficiales de España en la República Checa deberían hacer las maletas y largarse a otro sitio. O a lo mejor no. A lo mejor les tocaría madrugar dos horas más y arrimar el hombro el doble, ahora que no estaría la Casa Blů para hacerles el trabajo.
A veces, a las tres de la tarde, era de noche y hacía quince grados bajo cero. Entonces la cortina negra de la Casa Blů se abría y entraban la pintora mejicana, el poeta español, el fotógrafo peruano, el cineasta panameño, el escultor ecuatoriano, el escenófrago argentino, el periodista cubano, el bailarín uruguayo, la traductora checa... Todos bajo la mirada tranquila y transoceánica del novelista chileno.
Qué más daba la oscuridad y el exilio. Qué coño nos importaba el frío.

domingo, 10 de marzo de 2013

Nos quedamos callados

Vuelvo a coger el  bolígrafo. Esta vez, para decir que la muerte caminó entre nosotros.
La muerte nos rozaba. La muerte ya estaba dentro cuando abríamos (con llave) las puertas de los despachos y de las aulas. La muerte nos escuchaba. Miraba por encima de nuestros hombros. Disimulaba, la puta de ella.
¿Os acordáis de ese escalofrío? De ese mareo repentino, ¿os acordáis? ¿Os acordáis de que, sin saber por qué, tuvisteis miedo? ¿No os acordáis de que supisteis que había alguien en la habitación vacía? Era ella.
No eligió al azar. ¿De qué le habría servido llevarse al viejo? ¿De qué le habría servido apoyar la mano en el hombro del enfermo?
Eligió la juventud. Eligió, además, el amor.
Sí. Todos habíamos abierto las ventanas pero ninguno de nosotros supimos ver que una señora, desde abajo, nos miraba.
La muerte pasó y nos dejó el silencio. No. ¡Nos impuso el silencio!
Después de cincuenta y cinco años de enseñanza, la lección nos la dio la muerte.
No supimos decirles a nuestros alumnos que la muerte es vacío y es adiós. Es injusticia y es sorpresa y es rabia. Es impotencia y es asombro. Es la cuerda del funambulista al mismo tiempo que todos los océanos del planeta.
Pero que, a veces, también es depredación y arrancamiento y la peste que se desprende de un alma putrefacta. Quiero decir que la muerte, a veces, es cuchillo y es sangre. Que la gente, a veces, mata.
Y que es entonces cuando más hay que gritar, cuando más hay que llorar y cuando más hay que abrir esa espita que llevamos aquí, cosida a la carne del corazón, por donde, en forma de preguntas, nos sale el dolor a chorros.
Debimos decirles que la muerte es y no es. Que no duerman con un ojo abierto. Que sigan abrazándose cada noche a la dulce almohada de su juventud.
Pero no supimos. Nos quedamos callados.

lunes, 22 de agosto de 2011

Adiós

Generalmente escribo el texto y después le pongo el título. Ahora, sin embargo, ha sucedido al revés. Primero he decidido el título y después me he puesto a escribir el texto. Mis intenciones son evidentes.
Hace más de veinte años empecé a escribir mi primera novela. Su principal defecto (además de lo mal que estaba escrita) era que no tenía final. El narrador hablaba y hablaba sin solución de continuidad y la historia daba vueltas y vueltas (enredándose más y más en su propia verborrea) sin ahondar en nada, sin encaminarse a nada, sin atisbar siquiera el objetivo final. Esa primera novela mía (igual que otras muchas que vinieron después) se murió de agotamiento. Reventó como revientan los caballos.
No quiero que a este blog le pase lo mismo. Es hora, pues, de terminar.
Además, el trabajo ya está hecho.
Reconozco que al principio me confundió eso de empezar a hablar de Praga y de repente pasar a hablar de Madrid y de la inmensa tristeza que a veces me ahoga el corazón.
Pero jamás se me pasó por la cabeza cambiar ni una sola coma. La literatura más que otra cosa es magia pura y no me cabía duda de que cada pequeño texto formaba parte de un conjuro mayor.
Hoy por fin lo he entendido. Hace media hora que lo comprendí. No se debe decir nada más cuando ya está todo dicho.
Me fui de Madrid en busca de algo. En mis delirios de escritor imberbe pensaba o quería pensar que estaba buscando la libertad, la inspiración, la experiencia, a mí mismo. Ahora me acuerdo de eso y me río. No. No buscaba nada. Tan sólo tenía una cita. En Praga.
Y la fuerza del azar, la inconmensurable fuerza de que sea lo que tiene que ser, nos enseñó a todos que las citas, igual que las profecías, tienen que cumplirse.
El camino que unía Madrid y Praga no iba por el cielo, sino por debajo de la tierra, por debajo de todo aquello que todavía tuviera algo más abajo de sí mismo. Fue un camino de fango y de dolor, de honda soledad y de gusanos ciegos, de raíces que se enredan en los tobillos y de llorar mudamente, en seco y con la boca abierta.
Pero al final de todo esperaba la lluvia. El agua inaugural de lo que germina y florece. El alimento esencial de los que estamos condenados a esto de vivir.
Adiós a todos.
Regreso a la sombra para reconocer mejor la luz, tu luz.
Ya no hay miedo. Me quedo contigo.
A todo lo demás, adiós.

domingo, 21 de agosto de 2011

Mi querido amigo:

Praga es una ciudad muerta.
Corrí hacia el aeropuerto de Rudyne como quien se tapa la boca y escapa de la peste de un cadáver.
Me drogué metódicamente delante de unos enormes ventanales desde donde se veían decenas de aviones despegando y decenas de aviones aterrizando y esperé a que alguno de esos horrendos aparatos me sacara de allí.
Fue así como al cabo de tres horas tomé tierra en el aeropuerto de Barajas.
En Eurocar alquilé un coche puntiagudo, un coche con el morro afilado y punzante como un bisturí. Ya sabes. Quería hacerle la autopsia a Madrid. Saber de qué murió. O de qué se me murió. Abrirle la barriga y chapotear en su sangre y en sus heces, en sus tripas y en su grasa, hasta dar con el agente maligno que acabó con él.
No. Nunca se me ocurrió pensar que lo mismo que mató a Praga mató también a Madrid. No. A Praga la mató la esperanza, esa sustancia estimulante que acaba convirtiéndose en un veneno mortal de necesidad. A Madrid lo mató -ahora lo describiré- el propio recuerdo de Madrid, esa enfermedad de largo recorrido, ese virus que se te agarra al estómago y que si no lo alimentas, se alimenta él de ti.
Lo que quiero decir, querido amigo mío, es que atravesé la baldía ciudad de Madrid y llegué a nuestro barrio, quiero decir, a nuestro antiguo barrio. ¿Te acuerdas de él?
Si te acuerdas de él, te recomiendo que hagas el esfuerzo de retenerlo en tu memoria tal y como fue, o tal y como lo quieras recordar, porque ha desaparecido. Igual que desapareció Praga.
Llegué a nuestro antiguo barrio, quiero decir, a lo que fue nuestro antiguo barrio, y me lo encontré en silencio. ¿Te lo puedes creer?
Lo que fue nuestro barrio no era más que un puñado de calles vacías: nadie paseaba, nadie en las paradas de autobús, nadie saliendo de las bocas de metro, nadie a la puerta de los bares.
Tan sólo ancianas que buscaban la sombra y tres o cuatro parejas rollizas que se sentaban en el respaldo de los bancos a declararse su amor en guachupino.
Eché de menos aquellos tiempos. Qué coño. Al fin y al cabo eran nuestros tiempos. Fue el barrio de nuestra adolescencia, allí crecimos los dos y a los dos, un día, nos tocó decidir entre dejarnos lánguidamente absorber por su miseria o excavar un túnel con un par de cucharas, un túnel para huir, el túnel de promisión que nos llevara muy lejos de allí.
Nos fuimos, mi querido amigo, nos fuimos sin mirar atrás. Nos fuimos con el juramento de no regresar jamás. De no dejarnos tentar por el movimiento hipnótico del paso del tiempo.
Pero ahora paso por ahí y no reconozco nuestro barrio y lo echo de menos. ¿Cómo es posible?
Eché de menos a los melancólicos yonquis que ya no tenían ni fuerzas para robarnos. Esos que tenían los dientes carcomidos y las venas impracticables.
Eché de menos a los gitanos. A los que nos perseguían (nunca nos daban alcance), a los que nos atracaban con esas navajas que abrían con las dos manos, a los que solamente nos escupían y a las inolvidables, a las abnegadas, a las gordísimas gitanas con mandil que llevaban un niño colgando de cada teta y todavía se las apañaban para entrar en las tiendas, limpiar las estanterías y estafar al dependiente con las monedas de la vuelta.
Me acordé de ti y de mí corriendo (había que estar en forma para la liga de baloncesto) entre contenedores incendiados y patrullas ciudadanas que iban al poblado de Jauja, ese gran mercado de la droga, a tomarse la justicia por su mano. Me acordé del parque de San Isidro, en cuya hierba no te podías tumbar porque o te pinchabas el culo con una jeringuilla o venían los yoncarras a robarte la cartera y el peluco.
Me acordé de los atracos en los bares. Los atracos nocturnos a punta de pistola de fogueo en los que el atracador le decía al camarero que echara el cierre y a los clientes que se encerraran en el tigre, ah, y que nadie levantara las manos.
Me acordé de los tiernos tontos que chillaban por las calles, de las putas amargas que llegaban a casa al amanecer, de los borrachos que siempre tenían algo que contar, de los mendigos a los que les pagábamos el desayuno y del loco del estilete. ¿Te acuerdas tú del loco del estilete? Se cargó a dos tíos en el barrio y nosotros volvíamos a casa corriendo, llenos de pánico.
Me acordé de que venías a mi casa a fumar (de hecho escondías el paquete de tabaco en el falso techo del ascensor) y a espiar a mis vecinas, y de que yo iba a tu casa a colocarnos, a emborracharnos y a jugar al ordenador horas y horas, días y días, hasta el fallo neuronal.
Pensé que a lo mejor te acordabas tú de mi coche. Ese que compartía con los yonquis del barrio, quiero decir, ese que me robaban cuando querían pincharse con tranquilidad y que, a cambio de mi silencio, al cabo de un par de días me devolvían con el depósito lleno y, eso sí, el asiento de atrás manchado de sangre.
De todas estas cosas me acordé. Y de otras muchas cosas más de las que tú, al leer esto, también te estarás acordando.
De todo esto ya no queda nada. Queda en ti y queda en mí y un poco en este papel.
Esas calles vacías y silenciosas... Joder. Sentí que me habían arrancado algo de cuajo. No. No es el pasado ni la adolescencia. Es una música. Eso es. Una música. La melodía de haber sido.
De repente alguien la ha apagado. Cortaron las cuerdas del arpa. Decapitaron al violín. Nunca más volverá a sonar.
Madrid, mi querido amigo, es una fosa común de instrumentos musicales.