Epidemología

Desde que se declaró la peste, ya nadie reconoce esta ciudad.
Hay que cerrar las puertas de esta Praga bubónica.

domingo 22 de noviembre de 2009

Cerveza

Una cerveza, por favor, para que el adolescente sepa, en el día de sus primeras pellas, que en los bares se vende algo todavía más barato que el agua.
Y dos cervezas más, o tres, o cinco, o siete cervezas más, camarero, porque beber más que el resto de mis amigos es detentar el poder, es obtener la admiración, tan importante a esta edad mía, en que todo me hace tanto daño.
Y ahora una cerveza más, camarero, una más de lo que mi cuerpo puede ya soportar, de lo que ningún hígado puede filtrar sin empezar a romperse, ¿no ves que las chicas me están mirando?
Ahora una grande, camarero, la jarra más grande de la que haya bebido nunca nadie y la que más grados tenga, la más fuerte. Quiero salir de esta herna con el valor suficiente para mirarla a los ojos y decírselo. Después, si todo sale bien, me emborracharé de alegría, y si ella no me quiere, beberé hasta perder la memoria, hasta que mi cerebro sea un charco amarillo, espumoso y ligeramente burbujeante.
Un barril para vosotros, queridos amigos. Estamos más viejos, más calvos, más gordos, pero hay cosas que no han cambiado. Salud.
Esta noche, que nuestras mujeres no nos esperen despiertas. En mi mano hay una rubia que no se separará de mí hasta bien entrada la madrugada.
Camarero, una cerveza para mí y, qué coño, otra para mi hijo, que ya es un hombre.
"Papá."
"Qué."
"A mí esto no me gusta. Está agrio."
"Venga, hijo, bebe y no me seas maricón."
Cerveza para celebrar la victoria del Sparta y otra cerveza mientras empezamos a cenar. Y después de cenar, mientras la mujer me espera en la cama, otro par de tragos, para relajarme, joder, para que no me pase lo que el otro día.
Después del trabajo mis propios zapatos me llevan a la hospoda. Allí los camareros no paran de ponerme cervezas según me voy acabando las que me van poniendo.
Cuando me levanto de la silla, todo me da vueltas y sonrío. El mundo también da vueltas y nadie le llama borracho.
Salgo a la calle y mis zapatos me conducen a la herna. Nada más entrar, la camarera me pone mi cerveza en la barra, justo en mi rincón preferido.
Llego a mi casa muy tarde. Una noche más se me ha olvidado mirar el reloj. Mi mujer ya no me abre la puerta. Dice que soy un borracho y que apesto. La pobre no sabe que la culpa no es mía, sino de mis zapatos, que me llevan adonde quieren. ¿Qué culpa tengo yo de que mis zapatos estén solteros y sean unos alcohólicos?
Creo que una noche más me va a tocar dormir en el rellano. Menos mal que mi vecino de enfrente se apiada de mí y me saca un par de latas de cerveza, para ir pasando la noche.

martes 17 de noviembre de 2009

El café colgado

Había sacado del cajero todo el dinero que tenía, que tampoco era mucho. Con ese dinero le había comprado el regalo de Navidad a su hija, que lo era todo. Un karaoke con más de doscientas canciones, en checo y en inglés. Qué cosas más raras les gustan a los niños.
Lo había metido en una bolsa y cargaba con ella. Pesaba mucho más de lo que habría imaginado cuando lo veía en el escaparate.
Era de noche.
Era una de esas noches del comienzo de la Navidad.
La atmósfera estaba como electrificada, señal inequívoca de que se iba a poner a nevar.
Hacía demasiado frío para estar en la calle.
El hombre caminaba por Karmelicka y sus pasos resonaban como los cascos de un caballo. No había nadie.
La mano con la que agarraba la bolsa se le estaba congelando. Nunca usaba guantes.
Siempre miraba al suelo. Sabía mejor que nadie que a su alrededor ebullía la Navidad. Pero no levantaba la cabeza. Ver los árboles decorados, las luces de colores, los barreños de las carpas, los anuncios de conciertos, le habría dado demasiada nostalgia.
Se cambió de mano la bolsa y giró a la izquierda, por Nerudova.
Comenzó a subir la cuesta.
La temperatura estaba bajando demasiado deprisa. Quizás no nevara, después de todo.
No había caminado ni quince metros cuando volvió a cambiarse de mano la bolsa. Pensó que aquel frío ya empezaba a ser doloroso.
No se sentía ni las orejas ni la nariz ni la mano que mantenía a la intemperie. También dolía respirar y había que pisar el suelo con fuerza para sentir las piernas.
Caminaba por el medio de la calle. No pasaba ningún coche y además sabía que las aceras estaban empezando a helarse y que podría resbalarse y darse un buen golpe. No habría sido la primera vez.
A ambos lados había cafeterías abiertas. Eran cafeterías para turistas, muy iluminadas, con amplios ventanales y grupos encorbatados tocando en directo. Ni siquiera las miró. Qué habría hecho él allí dentro.
Otra vez se cambió de mano la bolsa y siguió caminando. Cada vez andaba más despacio. El frío le estaba robando toda la fuerza y ya le amenazaba con meterse dentro de sus huesos y dejarle una semana en la cama, precisamente la maldita semana de Navidad.
Entonces pasó por delante de un antiguo café y se acordó. Entró dentro, al calor, y se acercó a la barra.
Miró al camarero y le dio un poco de vergüenza decir:
"Perdone, señor, ¿no tendría por ahí algún café colgado?"
El camarero le sonrió.
"Enseguida se lo pongo."
Se lo sirvió ardiente y cargado. El hombre dejó el abrigo en el perchero y se lo fue bebiendo muy despacio, con una lentitud con la que, más que un café, se toma una medicina.
Consiguió sacarse todo el frío del cuerpo. Después cogió su abrigo, dio las gracias y se fue tranquilamente a casa.

lunes 16 de noviembre de 2009

El puente de Carlos

Debajo de la gente está el puente de Carlos.
Debajo de los zapatos nuevos de los turistas -algunos de ellos todavía tienen el precio en la suela- está el puente de Carlos.
Debajo de los grupos de ingleses y de alemanes que llevan la misma camiseta, como si fueran de un equipo de fútbol, está el puente de Carlos.
Debajo de las largas filas que se forman para tocarle el espinazo al relieve de un chucho, está el puente de Carlos.
Debajo de los hombres-pollo que siguen en masa a un paraguas abierto, está el puente de Carlos.
Lo digo por si acaso vosotros, igual que yo, sois ya incapaces de verlo.
Desde cualquiera de las orillas, parece un mercado callejero. Desde el avión, parece que se celebrara algún concierto. Desde cerca, parece la entrada a un estadio de fútbol el día en que se juega la final de la Champions league.
Estatuas del puente de Carlos, ¿a qué estáis esperando?
A qué esperáis para saltar de vuestros pedestales y expulsar a los intrusos a golpe de piedra y de tiempo, a golpe de dignidad y de orgullo.
A qué esperáis para echarles al agua, para alimentar a las carpas del Moldava con deliciosa carne de turista, con deliciosos despojos de viajero de bajo coste.
Hay que cerrar el puente de Carlos. Hay que pedir la entrada y prohibir el acceso al turista de guía de viajes, de monumento y de cámara digital.
Hay que dejar pasar solamente al caminante silencioso que sabe mirar. Al que sabe guardarse la belleza dentro y no necesita pegarla en un álbum.
Solamente así, a las cinco de la mañana, estará la luz esperando al fotógrafo.
Y la nieve posará para el pincel del artista.
Y el Moldava hablará bajito cuando empiecen a cantar las sopranos ciegas.
Y el sol volverá a brillar en los viejos instrumentos de los desgastados músicos -o al revés-, esos que hacen música de los tiempos en los que la música se hacía para divertirse.
Y las marionetas volverán a sentar en el suelo a los niños.
Y el acróbata otra vez tendrá espacio para caminar sobre un alambre.
Y el retratista sentará en su taburete al mismísimo Satanás.
Y todo volverá a ser como antes.

domingo 15 de noviembre de 2009

El otoño

Se están cayendo las hojas, ¿me oís?, ya se están cayendo las hojas.
No.
A lo mejor no se están cayendo. Es muy posible que los árboles las estén soltando.
No sé qué extraña maldición obliga a los árboles a entrar en el invierno completamente desnudos.
Los árboles se van desvistiendo poco a poco. Eso es el otoño. Una virgen que se despoja de su túnica antes de ser sacrificada.
Los árboles le regalan a la tierra un abrigo de colores.
Los árboles saben que la tierra también se helará y corresponden a su infinita generosidad con una manta de amarillos, de rojos y de ocres, con una manta que, sin embargo, produce más nostalgia que calor.
Los árboles más altos, esos que crecen en las islas de Praga, ya han soltado todas sus hojas. Al atardecer, en ese instante, en ese segundo en que el aire es de color azul, un Moldava de plomo discurre entre islas incendiadas de hojas, entre deslumbrantes llamaradas secas.
Nosotros estábamos allí y lo vimos.
Cerramos los ojos para no terminar de observar aquella orgía de colores, para que tanta belleza no consiga agarrársenos al recuerdo.
Cuando nos vayamos de aquí, todos nos iremos enfermos. Exiliados en nuestro país, nos dejaremos desmontar por la nostalgia.
Maldita Praga.
Los murientes

Os voy a contar cuál es el proceso de la muerte. Me refiero a ese tiempo que se necesita para cruzar la frontera, para llegar al otro lado.
Os aclararé, ya desde el principio, que lo que se cruza no es una línea, sino una franja, una vasta tierra de nadie en la que es muy fácil perderse y vagar sin rumbo, si no eternamente, sí durante mucho tiempo, hasta dar por fin con el camino correcto.
Tardamos nueve meses en nacer. Parece lógico pensar que morir tampoco es cosa de un segundo.
El proceso es el siguiente:
Ser sucia carne de herna, ése es el primer síntoma, ésa es la primera señal de que tu alma ha muerto, y ya sabemos que tras la pudrición del alma siempre viene la de la carne.
Los cadáveres inminentes, es decir, los murientes, se arrinconan en una mesa y beben, bajan la cabeza y beben, duermen, se despiertan y siguen bebiendo.
Se conoce que la muerte da mucha sed.
La segunda marca es proveerse de tabaco. Por eso no es raro encontrarse a los murientes buscando colillas.
Las recogen de los ceniceros que hay a las puertas de los hospitales, o al lado de las ruedas de los coches aparcados, o debajo de los bancos de los parques.
Las encienden, fuman hasta quemarse los dedos y después siguen caminando.
La tercera marca es dirigir tus pasos hacia las grandes estaciones de trenes. Los murientes tienen la creencia de que algún tren fantasma vendrá a recogerlos cuando se espese la niebla.
Los murientes se sientan en el suelo, apoyan la espalda contra alguna pared y allí se adormecen. Aguardan con paciencia a que una voz, por megafonía, les diga a qué andén deben dirigirse.
Pero la policía los expulsa.
La cuarta marca consiste en tener las manos resquebrajadas y las uñas negras.
Los murientes recorren todas las papeleras y todos los contenedores de basura de la ciudad. Allí dentro meten las manos y escarban. Dicen que buscan el mapa del tesoro, un papel cualquiera con alguna equis que les indique el camino.
Pero no encuentran nada. Sólo latas de atún y cartones de vino.
Entonces secan sus manos pringosas y se las limpian en el abrigo. Las uñas se les van quedando negras, duras, curvas.
La quinta marca es culpa de la hajzlbába.
No les deja entrar en los urinarios. Dice que se quedan dormidos dentro y que después no hay quien los saque de allí.
Los murientes, entonces, se hacen sus necesidades en los pantalones. Al principio no les molesta demasiado, pero después llega la noche y no pueden soportar el frío.
Es por eso que corren a subirse a un tranvía, a cualquier tranvía, y buscan el asiento más cercano a la calefacción. Allí se encogen y se inmovilizan.
Es entonces cuando les vemos de cerca, cuando reparamos en ellos, cuando lo nuestro se mezcla con lo suyo.
Nos alejamos de ellos porque apestan, porque su hedor nos levanta las arcadas.
Se trata del aroma de la muerte. No se va ni cuando el muriente se apea, ni cuando abrimos todas las ventanas del tranvía. Además, ¿adónde habría de ir? A la muerte le encanta viajar entre nosotros.

miércoles 11 de noviembre de 2009

Agosto de 2002

Yo llegué con las inundaciones.
Por la ciudad se respiraba el aire de la tragedia y en los ojos de la gente brillaba la triste certeza de que algo iba a pasar.
Las miradas se volvían hacia el cielo, pero no para buscar a Dios -en este país difícilmente lo habrían encontrado-, sino para intentar adivinar si algún día dejaría de llover.
El cielo entero, de horizonte a horizonte, era una mancha oleaginosa, una acuarela húmeda y gris.
Recuerdo que el autobús me dejaba cerca del río y que yo iba caminando hacia alguno de sus puentes. Me agarraba a la barandilla y miraba hacia abajo.
El Moldava bajaba inmenso, bajaba abombado, bajaba espumoso como las fauces de un perro.
A veces se escapaba de las orillas y salía a darse un paseo por las calles cercanas al embarcadero. Mojaba los pies de las parejas que se besaban en los bancos y mojaba también las escaleras que subían al centro de la ciudad.
Yo era de los que pensaban que de allí no pasaría.
No me fijé, sin embargo, en que los cisnes habían desaparecido, en que los patos se habían ido volando, en que no quedaba ni rastro de las gaviotas.
Estaban solos el río y la ciudad.
Era una lucha atávica, desde siempre y para siempre, sin tregua y sin compasión.
Todo empezó cuando el Moldava se puso a rugir. Los más viejos de Praga decían que ya habían oído alguna vez aquel sonido, pero que no era un rugido, sino un clamor de libertad.
Ya sabéis, la libertad, lo único por lo que nos es dado matar.
El río se sentía prisionero entre dos márgenes de cemento y se revolvía como un inmenso animal.
El río se quejaba de los barcos de turistas que flotaban en su espalda. Odiaba las barquitas a pedales y el botel.
El río quería fluir más despacio y que le quitaran esos desniveles que le hicieron para que no se congelara. El río quería congelarse. Quería que los niños patinaran sobre él.
Al río le herían los neones que se reflejaban en su piel. El río, de noche, tan sólo quería oscuridad y el fulgor de las estrellas. Y si algo tenía que navegar, que navegara la luna, femenina y de seda.
El río estaba allí antes que nadie. Allí estaba cuando Praga no estaba, cuando esta tierra que pisamos no era ni tierra, cuando nosotros no éramos nadie para pisar nada.
El Moldava es tiempo pasado. Conoce las historias de la gente y a veces se avergüenza de ellas. El Moldava fluye hacia delante y no se para nunca.
El Moldava, sí, es tiempo hecho materia, es sueño convertido en agua.
El Moldava, que siempre está allí, nunca es el mismo. Cada instante es diferente, ya digo, como el tiempo. Porque los ríos son tiempo.
Y son también orgullo.
El Moldava se abombó como el vientre de una madre. Se salió de su jaula.
Arrancó los árboles de cuajo y se metió por las puertas de las casas y subió hasta el tercer piso. Se le vio asomado a las ventanas y a las terrazas, gritando de rabia a quien le quisiera oír.
Lanzó por los aires todos los sacos de arena que le pusieron a su paso y cuando llegó al zoo se llevó por delante a los animales más grandes y empujó sus cadáveres por las calles de la ciudad. Quería que la gente supiera lo que era capaz de hacer. Quería que la gente supiera que ese río, su río, podía sembrar también la muerte.
El río, puesto de pie, amenazó el Puente de Carlos, pero después lo perdonó.
Los días pasaban, marcados siempre por la angustia.
Dicen que una mañana el río vio el terror en los ojos de todos los hombres y se conformó. Respiró profundamente y regresó a su cauce. Allí volvió a adormecerse.
La ciudad quedó en silencio. Hubo que drenar los cimientos. Hubo que derribarla y después reconstruirla.
Desde entonces la gente ha aprendido que la bestia duerme, sí, pero que duerme con un ojo abierto.

lunes 9 de noviembre de 2009

Los pájaros

A comienzos de noviembre llegan los pájaros negros.
Bajan del cielo gris, ese que parece una pared de cemento, y van tomando posiciones.
Primero planean sobre ti, trazan enormes círculos por encima de tu cabeza. Tú los miras y te recuerdan a los buitres.
Son pequeños para ser buitres, pero son demasiado grandes para ser solamente pájaros.
Luego se posan en los árboles y te miran. Esperan a que los árboles se queden sin hojas y entonces se asientan sobre sus ramas y desde allí arriba te contemplan, te siguen con la cabeza cuando pasas por debajo de ellos, a lo mejor te vigilan.
Los pájaros negros ya están en la calle cuando tú sales de casa. No importa a qué hora salgas. Ellos ya están allí.
Son los mensajeros del invierno.
Son los que te anuncian que ya ha llegado el frío y que a partir de ahora, a tu alrededor, no habrá más que desesperación y noche.
Ellos también son negros como la noche, silenciosos como el invierno, acechantes como el germen del suicidio.
Por eso, porque son negros, caminan sobre la nieve blanca, destacan sobre la nieve blanca, abren sus picos rojos y graznan horriblemente sobre la nieve blanca.
Pero graznan poco. Ya digo que son silenciosos.
A todos nosotros nos gustaría matar al menos a uno de esos pájaros negros. Pero nos da miedo. Pensamos que trae mala suerte.